A la luz brillante [by Viviana Ramos]

En la jerarquía de la creación, los diferentes aspectos de la materia y de la vida corresponden a códigos, fórmulas que se manifiestan primeramente por seres sutiles, espíritus, genios, ángeles o demonios que rigen los distintos elementos de la creación y se encarnan en sustancias, plantas, animales, insectos, microorganismos en los cuales se encuentran los mismos códigos de la Vida-una.

Fragmentos de viejas tradiciones, ritos, cantos, creencias, dioses, llegan hoy hasta nosotros, esparcidos en las mitologías de todos los pueblos. Para los hindúes el primer sonido sagrado fue el Aum, trino que reflejaba la creación y destrucción del universo manifestado. En Oriente, las campanas han sido mensajeras de buenos espíritus y alejan a aquellos que viven en la oscuridad; asi los instrumentos y los cantos fueron tomando connotaciones sagradas a través de los cuales el hombre ha podido comunicarse con sus deidades.

En la era pre-cristiana existe evidencia de que las palabras ángeles y demonios, era intercambiables para espíritus que servían como conexión entre los humanos y las esferas divinas. Luego el cristianismo dejo separadas esas palabras y sus significados, basándose en que los demonios[1]  eran aquellos seres espirituales presentes en los ritos paganos, seres maléficos y malvados, por lo que no entraban en la retórica monoteística cristiana.

72 Ángeles y 72 Demonios es un soplo de vida sobre pulsiones, simbolizadas y sublimadas en seres espirituales.  La relacion siempre tirante entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, la carne y el espíritu, el vicio y la virtud, la inteligencia y la estupidez, en resumen, entre la vida y la muerte.

La perfección como entidad única, no es posible. El universo se organiza por complementos, equilibrios, dualidades, ciclos.

 Esta es la verdad que Auerbach[2] nos invita a observar. El mundo está sustentado en esencias y apariencias, donde no siempre lo que parece (casi nunca) es lo que es.  La maldad está disfrazada de buena voluntad y a la virtud y la belleza, les toca recorrer un largo camino hacia la luz. Tal es el caso de esta obra sonora de facciones escultóricas, donde detrás de un aparente canon clásico, se encuentra la gracia inconfundible de una obra de arte total[3] que respira, fluye y vive por sí misma en el tiempo.

Justamente la música, ha sido uno de los lenguajes donde la estructura, la forma, también soportan el contenido, como antigua catedral gótica, custodiada por gárgolas que miran al horizonte en un continuum. De esta forma también ha sido diseñada esta obra, donde los números estructuran, equilibran, compensan, significan. Tal es el caso de 72 preludios-evocaciones y un epilogo, “amen”.  Estos, a su vez, se interconectan en un continuo fluir que avanza sin pausas. En su interior, la obra se edifica en dos partes en 36 preludios y tres secciones en los preludios 24 y 48, lo cual representa unidad y división: dos en uno (dualidad) y tres en uno (trinidad).

La numerología afirma que los números son uno de los conceptos humanos más perfectos y elevados. Según los que la practican, es la disciplina que investiga la vibración secreta o no evidente que habita en animales, plantas, cosas. A través del estudio de sus códigos se aprende a utilizar y así obtener diferentes beneficios como encontró Pitágoras[4], quien desarrolló una relacion melódica a partir de las distancias entre los planetas y su vibración numérica, fue el nacimiento de la música de las esferas.
Esto demostró que las palabras al ser pronunciadas tienen su propio sonido, una vibración particular que se conecta con las frecuencias de ciertos números que habitan en la armonía del universo y en las leyes de la naturaleza, una suerte de efecto arquetípico[5].

En esta obra, Lera Auerbach utiliza los nombres de 72 ángeles y 72 demonios que son mencionados en varios textos religiosos y esotéricos, describiendo la naturaleza holística de la religión y el misticismo.   Aquí pone de manifesto las similitudes y referencias a los mismos dioses, que aparecen bajo nombres y entonaciones fonéticas diferentes pero que en realidad son uno y el mismo ser, descrito y representado a través de las culturas y religiones de todo el mundo a lo largo de la historia de la humanidad.

Mediante el verbo, encontramos un gesto simbolista de composición[6], ya que la propia autora ha seleccionado la pronunciación para cada uno de los 72 nombres de Ángeles y Demonios (Goetia), extendiendo el sentido del sonido más alla de las notas en el pentagrama, también a las palabras, creando nuevos ritmos, acentos, entonaciones, desplazamientos, logrando finalmente un compendio vocal y espiritual, que fluye a través de estas vocalizaciones creadas, nuevas para cualquier lengua y oratoria. La autora muestra su mirada de poeta, estableciendo sensaciones en los sonidos de estos nombres que apoyan la idea primordial sin develarla por completo, evocando con ellas sonidos nunca antes pronunciados, otorgándole a la palabra, una suerte de invocación mágica.

Es muy especial además, la selección del coro como elemento principal en la instrumentación de esta obra. Esto se debe a la historia que representa, su uso social y especialmente por su valor conceptual y simbólico de intención grupal, de cohesión humana, buscando una voz universal, una voz colectiva que al mismo tiempo que es mixta, no es única o particular (exceptuando a los solistas) sino que el resultado simbólico es la voz, como vía de expresión y “el instinto de la muchedumbre”, la expresión de muchos, como mencionaba Maeterlinck[7].

El trabajo coral, ha sido diseñado en un esquema de grupos simbólicos, organizados de manera interna (de forma binaria y ternaria) que los relaciona.  Esta forma de organización interna, determina cómo deben ser manipulados los elementos del grupo, impregnándole a la obra un matiz aún más acentuado en la numerología y la simetría.  Esto nos recuerda a algunas de las estructuras de Xenakis[8] y en su propio decir “una forma de composición no es el objeto en sí, sino una idea en sí, esto es, los comienzos de una familia o serie de composiciones”.

La presencia, es otro de los elementos que me parecen muy interesante con el empleo del coro.   ¿Puede haber presencia sin objeto o cuerpo físico?  La voz, es uno de esos cuerpos, sonoros en este caso que podemos percibir, oír, sentir, pero no podemos ver ni tocar; es inmaterial, aunque no por esto deja de estar presente. A través de esta reflexión se llega al concepto de la acúsmática, creado por Platón[9].

Así, lo acusmático procede de la escuela platónica, donde el sonido esta desvinculado de la fuente sonora que lo produce. Inquietudes espaciales y de la arquitectura, contempladas por Auerbach para acentuar la fuerza expresiva del sonido en sí mismo, en su naturaleza sonora y no en su aspecto visual o representacional, dejando esto sólo a la presencia física, humanoide[10] de los cantantes miembros del  coro y su proyeccion vocal, natural, humana.

Igualmente, no es fortuita la selección del único instrumento totalmente natural, único de cada individuo, irrepetible, por lo que la selección está firmemente arraigada a un deseo de la autora por aportar al argumento sonoro además de alturas musicales, fonemas, articulaciones vocales, palabras, idioma, gestos, expresiones faciales.

De otra parte, la aspereza y lontananza que aporta el cuarteto de saxofones en 72 Ángeles, recuerdan en una mirada modernista a los paisajes feudales de las pinturas del Bosco[11].  El aliento de vida que fluye a través de ellos, rasga lo más profundo de nuestra espiritualidad, recordándonos la violencia del mundo actual y la polución de sus modernas mega ciudades. Auerbach nos acerca a las introvertidas efusiones y conflictos de sus seres, unas veces ángeles y otras, demonios.

Existen muchas similitudes de  lenguaje con Liggeti[12], quien se dio cuenta muy tempranamente que el cerebro no podía percibir a cierta velocidad todas las notas, sino que estas eran asimiladas como atmosferas, como grupos sonoros que coloreaban determinado ambiente o sensación.

En mi percepción, Lera Auerbach recrea un mundo de masas sonoras aéreas (ya que todo está construido a partir del aire y el aliento) que emanan del propio cuerpo como materia prima y musical, elementos que condensa en una metáfora de vida y del origen mismo de la creación.[13]

En sus 72 Ángeles, vivimos colorísticos mundos de nubes, oleadas de eventos sonoros, densas galaxias formadas por pequeños grupos de densidades y de probabilidades. Esto, aporta a la  pieza un pensamiento muy avanzado en términos artísticos, mucho más abierto[14] y  universal en el plano poético y esotérico.

En esta puesta de Lera Auerbach, existen ciertas reminiscencias de obras escritas para el teatro, la danza; donde se aprecia una intensión de experiencia ante el espacio, la espacialidad en la que está inmerso el espectador. Lejos de los cánones clásicos en la representación musical, Auerbach incorpora una estructura formal abierta, no solamente en términos musicales sino también espaciales por lo cual la obra es de una estética muy interesante, sonora y visualmente.

Nos muestra, tal como Platón a sus discípulos, sólo lo que encuentra necesario de ser apreciado, el coro, dejando fuera de nuestra vista aquello que prefiere quede solamente en el plano sonoro, espacial, sensorial. De este modo el cuarteto de saxofones es distribuido por el lugar, sin ser visto por el espectador, quien además de la percepción de la música emitida por las voces integrantes del coro, sentirán con extrañeza otros sonidos que no pueden ver, pero que están allí; quizás otra de las metáforas de la autora, entorno a la fe, en estos tiempos de hipermaterialidad y pragmatismo.

Estas 72 evocaciones de ángeles y demonios, celebran la vida por encima de todo, en sus multifacéticas variaciones. Es un salto de fe al oscuro vacío, en un intento por romper con nuestras ataduras preconcebidas y perjuicios, inmersos en esta epifanía de sensaciones y emociones de una plasticidad sonora tal, que fluye la música y se modela como si fuera arcilla. Con ella, la autora va dando forma a sus ángeles, sus seres sublimes; sumergidos en las pasiones y los excesos de la divinidad más terrenal.

Quizás, del mismo modo en que el alfabeto hebreo fue aprendido de generación en generación, esta obra seguirá su curso a través del tiempo, hasta llegar a nuevas generaciones de músicos, artistas, poetas, intérpretes y oyentes, que encuentren en la música algo más alla de los sonidos en sí mismos, quizás sea un reencuentro con la esencia y naturaleza misma del alma humana.


[1] Demonio. Palabra procedente del griego daimon.

[2] Lera Auerbach (*1973. Tscheljabinsk) Compositora, escultora, pintora, poeta. Considerada una figura excepcional en el circuito artístico internacional.

[3] Se hace referencia  a Arte Total en sentido Wagneriano.

[4] Pitágoras.530 a.C. Filósofo griego que desarrolló la teoría de la “música de las esferas”.

[5] Arquetipo. Palabra de origen griego arjé, que significa “fuente”, “principio”, “origen”.

[6] Se hace referencia a la composición musical y al uso de los fonemas también como sonidos musicales dentro de la obra.

[7] Maurice Maeterlinck (1862-1949). Importante dramaturgo y ensayista belga de lengua francesa y principal exponente del teatro simbolista.

[8] Iannis Xenakis (1922-Rumania, 2001-París) Compositor e ingeniero civil de ascendencia griega, pionero de la música concreta.

[9] Platón. (Atenas. c 427-347 C.) Filósofo griego, seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles.

[10] Palabra empleada en un sentido comparativo, dado el predominio de factores y elementos humanos en relación con el resto de los instrumentos musicales y sus morfologías. 

[11] Jheronimus Bosch (El Bosco) (Bolduque, c. 1450-1516) Reconocido pintor nacido en los Países Bajos, reconocido por sus personajes y figuraciones extrañas y singularmente descabelladas.

[12] György S.Ligeti (1923-2006) Compositor húngaro de origen judío.

[13] No olvidemos que ¨en el inicio solo fue el verbo, y el verbo era Dios¨.

[14] Hago referencia al concepto que aporta Humberto Eco en su “Opera Aperta”.

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